Un paseo no exige necesariamente un destino. Se avanza para descubrir qué aparece, se modifica el ritmo, se toman desvíos y, a veces, aquello que parecía secundario termina alterando todo el recorrido. Hay algo de esa experiencia en Un Paseo, el primer álbum de Fruta Negra: cinco composiciones instrumentales que parecen entender el jazz menos como un territorio delimitado que como una manera de desplazarse por diferentes músicas.

Liderado por el trompetista y compositor Manu Farías, Fruta Negra pertenece a una nueva generación de proyectos surgidos dentro de la activa escena jazzística cordobesa. Publicado en mayo de 2024, el álbum reúne Pachita, La Chakana, Fruta, Algarrobo y Huerta Grande: poco más de media hora de música original en la que la escritura y la improvisación construyen un lenguaje atravesado por el jazz, pero permeable a otras memorias rítmicas y sonoras.

Los títulos ya dibujan una primera cartografía. Hay nombres propios, árboles, lugares y símbolos que remiten a una relación con el entorno antes que a la abstracción habitual de buena parte del repertorio instrumental. Algarrobo y Huerta Grande poseen inevitablemente una resonancia territorial; La Chakana introduce una referencia vinculada al imaginario andino; Fruta parece volver sobre el propio nombre del grupo. Sin necesidad de convertir el álbum en música programática, esas palabras predisponen la escucha hacia una geografía.

Pero el paisaje de Un Paseo no está construido mediante ilustraciones folklóricas. Fruta Negra trabaja desde otra lógica: los materiales aparecen incorporados a una gramática contemporánea en la que la improvisación permite que las composiciones permanezcan abiertas. Las piezas poseen identidad propia, pero no transmiten la sensación de estar completamente clausuradas por la escritura. Hay estructuras y direcciones; también hay espacio para que los músicos decidan cómo habitarlas.

Ese equilibrio constituye una de las claves del álbum. En el jazz, una composición no es solamente aquello que ha sido escrito: es también el conjunto de posibilidades que la escritura deja disponibles para quienes la interpretan. Fruta Negra parece comprender esa tradición y trasladarla hacia un vocabulario propio. La improvisación no aparece como interrupción del tema ni como momento obligatorio de lucimiento solista; funciona como prolongación de la forma.

La trompeta ocupa naturalmente un lugar central en esa arquitectura, aunque no necesariamente dominante. En manos de Farías puede asumir el protagonismo melódico, intervenir sobre la textura o abrir un espacio para la respuesta de los demás instrumentos. Más interesante que pensarla como voz principal es escuchar cómo modifica el comportamiento del conjunto: una frase puede convertirse en pregunta, un ataque en señal y un silencio en invitación para que otro músico continúe el discurso.

La sección rítmica resulta igualmente decisiva. El jazz contemporáneo hace tiempo que dejó de concebir bajo y batería únicamente como sostén, y Un Paseo participa de esa transformación. El pulso se construye mediante capas, desplazamientos y pequeñas alteraciones que producen movimiento incluso cuando una figura permanece estable. El groove no funciona sólo como base: se convierte en información compositiva.

En ese terreno aparece también una sensibilidad latinoamericana que evita presentarse como catálogo de géneros. Antes que anunciar cada procedencia, la música permite que distintos comportamientos rítmicos convivan dentro de una misma pieza. Esa naturalidad resulta especialmente valiosa: la identidad regional no necesita ser subrayada cuando ya forma parte del vocabulario de quienes tocan.

La extensión de las composiciones refuerza esa concepción. La Chakana alcanza los ocho minutos; Fruta se aproxima a los siete y Huerta Grande supera los seis. Son duraciones que permiten desarrollar materiales sin someterlos a la economía temporal de la canción. Una idea puede repetirse hasta modificar su significado, una improvisación puede encontrar gradualmente su dirección y el conjunto puede demorarse antes de resolver una tensión.

Hay algo generacional en esa forma de aproximarse al jazz. Para buena parte de los músicos contemporáneos, la historia del género ya no constituye una frontera que deba defenderse, sino una enorme caja de herramientas. Improvisación, interacción, swing, groove, composición modal, texturas eléctricas y músicas latinoamericanas pueden formar parte de una misma experiencia sin necesidad de justificar cada cruce mediante la palabra “fusión”.

Fruta Negra parece ubicarse en ese lugar. Su pertenencia al jazz está menos en la reproducción de sus signos históricos que en una determinada ética del hacer musical: escuchar al otro, reaccionar, aceptar la incertidumbre y permitir que una obra cambie ligeramente cada vez que vuelve a ocurrir. Esa concepción explica también por qué la banda encontró rápidamente un espacio dentro del circuito jazzístico de Córdoba y fue convocada, pocos meses después de publicar el álbum, al Festival Internacional de Jazz de Córdoba.

Ese contexto importa. Un Paseo no surge de un vacío, sino de una ciudad que durante las últimas décadas construyó una comunidad sostenida de intérpretes, compositores, docentes, big bands, clubes, festivales y proyectos independientes alrededor del jazz. La aparición de nuevas agrupaciones no sólo amplía una escena: permite observar cómo ese ecosistema comienza a producir nuevas estéticas y nuevas formas de apropiarse del lenguaje.

El debut de Fruta Negra documenta precisamente uno de esos momentos. No pretende establecer una identidad definitiva ni presentar un manifiesto. Hay algo deliberadamente abierto en estas cinco piezas, como si el grupo estuviera registrando el instante en que comienza a reconocer su propio sonido.

Quizás por eso Un Paseo sea un título más preciso de lo que parece. El álbum no invita a llegar a un lugar determinado, sino a escuchar el recorrido: detenerse bajo un algarrobo, reconocer una figura en el paisaje, cambiar de dirección, encontrar un ritmo inesperado y continuar.

Porque algunas músicas no necesitan anunciar hacia dónde van. Alcanza con que el camino sea lo suficientemente fértil como para querer seguirlas.

Un paseo
Fruta negra
iNB24-006
Jazz - Álbum

Producción artística:
Manuel Farías Busso

Composición y arreglos:
Manuel Farías Busso

Manuel Farías Busso:
Trompeta / Flugelhorn
Valentina Finzi:
Piano
Agustín Palacios:
Bajo / Contrabajo
Lucio Cheli:
Batería
Ignacio Roque:
Djembe
Matías Danglada:
Guitarra eléctrica

Fruta negra es un conjunto argentino de música instrumental latinoamericana liderado por el trompetista y fliscornista Manuel Farías Busso. Formado en Córdoba en 2021, el grupo cuenta con Farías Busso en trompeta y fliscorno, Lucio Cheli en batería, Julián Gómez Cuello en piano, Agustín Palacios en contrabajo e Ignacio Roque en djembe y accesorios de percusión.

Fruta Negra is an Argentine Latin American instrumental music group led by trumpeter and flugelhornist Manuel Farías Busso. Formed in Córdoba in 2021, the group features Farías Busso on trumpet and flugelhorn, Lucio Cheli on drums, Julián Gómez Cuello on piano, Agustín Palacios on double bass, and Ignacio Roque on djembe and percussion accessories.